Zuccardi: Piedra Infinita, mucho más que una bodega

Todo empieza con una piedra

Durante la construcción de la bodega tuvieron que remover miles de camiones de piedra. Lo lógico hubiera sido verlas como un obstáculo, pero hicieron exactamente lo contrario: decidieron convertirlas en la identidad del proyecto.

De ahí nace el nombre Piedra Infinita.

A medida que recorríamos la bodega, esa idea aparecía una y otra vez. En la arquitectura, en los materiales, en los espacios y hasta en un fragmento del poema Piedra es piedra, de Jorge Enrique Ramponi, que se encuentra grabado en una de las paredes.

El rincón que más me impactó

De todo el recorrido hubo un lugar que realmente me dejó pensando: la cava.

Por un lado está la cava destinada a los visitantes y, por otro, la cava privada de la familia Zuccardi. En el medio hay una enorme piedra.

Es la misma piedra que apareció cuando estaban excavando para construir la bodega y decidieron dejar exactamente donde estaba.

Los huevos de concreto

Otra de las cosas que más me llamó la atención fue la sala de elaboración.

Siempre asocié los grandes vinos con barricas de roble, pero en Piedra Infinita la imagen que domina son los enormes huevos de concreto.

Nos explicaron que muchos de sus vinos se elaboran allí porque buscan intervenir lo menos posible y preservar la expresión del lugar. Después de escuchar esa explicación y probar los vinos, todo empezó a tener sentido.

El recorrido terminó en el restaurante Piedra Infinita, donde la experiencia sigue a través de la gastronomía.

El menú estaba compuesto por productos de estación y sabores muy ligados a Mendoza: un tartare de sandía para abrir el almuerzo, pasteles de chivo, trucha, un ojo de bife espectacular y dos postres que cerraron la experiencia de la mejor manera.

Los vinos

Durante el almuerzo degustamos Fósil San Pablo, Viticultor de San Pablo, Finca Los Membrillos y cerramos con Finca Piedra Infinita 2016.

Cada vino parecía reforzar la misma idea que nos habían transmitido durante toda la visita: expresar un lugar antes que buscar un estilo.

Si tengo que elegir uno, me quedo con Finca Los Membrillos.

Dentro de la degustación fue el único con paso por madera, mientras que el resto había sido elaborado en huevos de concreto. Esa diferencia le aportó una complejidad y una textura que, al menos para mi gusto, lo convirtió en el vino que más disfruté de toda la experiencia.

Y terminar con un Finca Piedra Infinita 2016 fue el cierre perfecto para una visita que, desde el primer minuto, giró alrededor de ese concepto.

Entré esperando conocer una gran bodega y salí entendiendo por qué Zuccardi insiste tanto en que el verdadero protagonista nunca es el enólogo, ni la barrica, ni siquiera el vino.

Es el lugar.

Y curiosamente, cuando pienso en ese día, lo primero que recuerdo no es una copa.

Es una piedra.

Descorchando historias, copa a copa 🍷

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